Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra No respondí a esta pregunta, y con razón. Mis miradas se habían detenido en un encantador retrato colgado de la pared, el retrato de Graüben. La pupila de mi tío se encontraba entonces en Altona, en casa de una de sus parientes, y su ausencia me ponía muy triste porque, ahora puedo confesarlo, la linda virlandesa y el sobrino del profesor se amaban con toda la paciencia y toda la tranquilidad alemanas. Estábamos prometidos sin que lo supiera mi tío, demasiado geólogo para comprender sentimientos semejantes. Graüben era una encantadora muchacha rubia de ojos azules, de carácter un poco grave, de espíritu algo serio; pero no por eso me amaba menos. En cuanto a mí, la adoraba, si es que este verbo existe en la lengua tudesca. Así pues, la imagen de mi pequeña virlandesa me transportó, en un momento, del mundo de las realidades al de las quimeras, al de los recuerdos.
Graüben era una encantadora muchacha rubia.