Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Hans se levanta hacia las cuatro, trepa al mástil y sube hasta la punta. Desde allà su mirada recorre el arco del cÃrculo que el océano describe ante la balsa y se detiene. Su rostro no expresa ninguna sorpresa, pero su mirada está fija en un punto.
—Ha visto algo —dice mi tÃo.
—Eso creo.
Hans vuelve a bajar, luego tiende su brazo hacia el sur, diciendo:
—Der nere.
—¿AllÃ? —responde mi tÃo.
Y cogiendo su catalejo, mira atentamente durante un minuto que me parece un siglo.
—¡SÃ, sÃ! —grita.
—¿Qué ve?
—Un inmenso surtidor que se eleva por encima de las olas.
—¿De algún animal marino?
—Quizás.
—Entonces vayamos hacia el oeste, porque ya sabemos a qué atenernos sobre el peligro de un encuentro con esos monstruos antediluvianos.
—Dejémonos ir —responde mi tÃo.
Me vuelvo hacia Hans. Hans mantiene el rumbo con inflexible rigor.