Viaje al centro de la tierra

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Sin embargo, si a la distancia que nos separa de ese animal, distancia que hay que estimar en doce leguas por lo menos, se puede percibir la columna de agua arrojada por sus respiraderos, debe ser de tamaño sobrenatural. Huir sería estar de acuerdo con las leyes de la prudencia más elemental. Pero no hemos venido aquí para ser prudentes.

Seguimos, pues, hacia delante. Cuanto más nos acercamos, más crece el surtidor. ¿Qué monstruo puede llenarse de semejante cantidad de agua y expulsarla sin interrupción de este modo?

A las ocho de la noche estamos ya a dos leguas de él. Su cuerpo negruzco, enorme, montañoso, se extiende en el mar como un islote. ¿Es una ilusión o efecto del terror? ¡Me parece que su longitud pasa de las mil toesas! ¿Cuál es, pues, ese cetáceo que no han previsto ni los Cuvier ni los Blumembach? Está inmóvil y como dormido; el mar parece no poder levantarlo y son las olas las que se rizan sobre sus flancos. La columna de agua, proyectada a una altura de quinientos pies, vuelve a caer en forma de lluvia con un ruido ensordecedor. Corremos como insensatos hacia esa masa poderosa que cien ballenas no alimentarían un solo día.

El terror se apodera de mí. ¡No quiero seguir adelante! Si es preciso, cortaré la driza de la vela. Me vuelvo hacia el profesor, que no me presta atención.


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