Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Salto a la roca. Mi tÃo me sigue ágil, mientras el cazador permanece en su puesto, como alguien que está por encima de semejantes maravillas. Caminamos sobre un granito mezclado con toba silÃcea; el suelo se estremece bajo nuestros pies como los flancos de una caldera donde se retorciera el vapor recalentado; está ardiendo. Llegamos a la vista de un pequeño estanque central del que se alza el géiser. Meto en el agua que fluye hirviente un termómetro, y marca un calor de ciento sesenta y tres grados.
Por tanto, ese agua sale de un foco ardiente, lo que contradice de modo singular las teorÃas del profesor Lidenbrock. No puedo dejar de hacer la observación.
—Y bien —replica él—, ¿qué es lo que prueba contra mi teorÃa?
—Nada —respondo en tono seco al ver que choco con una obstinación absoluta.
Sin embargo, me veo obligado a confesar que hasta ahora nos hemos visto singularmente favorecidos, y que por una razón que se me escapa, este viaje se realiza en condiciones particulares de temperatura; pero me parece evidente que un dÃa u otro hemos de llegar a esas regiones donde el calor central alcance los lÃmites más altos y supere todas las graduaciones de los termómetros.
—Ya lo veremos —es la voz del profesor, que después de haber bautizado el islote volcánico con el nombre de su sobrino, da la señal de embarque.