Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¡No, por todos los diablos! —exclama mi tÃo—. ¡Y cien veces no! Que nos arrastre el viento, que nos lleve el vendaval, pero que vea por fin las rocas de una orilla, aunque nuestra balsa deba romperse en mil pedazos contra ellas.
Aún no ha terminado de pronunciar estas palabras cuando el horizonte del sur cambia súbitamente de aspecto. Los vapores acumulados se resuelven en agua, y el aire, reclamado violentamente para llenar los vacÃos producidos por la condensación, se vuelve huracán. Procede de los más remotos confines de la caverna. La oscuridad aumenta. Apenas si puedo tomar algunas notas incompletas.
La balsa se levanta, salta. Mi tÃo es arrojado por los aires. Me arrastro hasta él. Está fuertemente aferrado a un cabo de cable y parece mirar con placer el espectáculo de los elementos desencadenados.
Hans no se mueve. Su largo pelo, revuelto por el viento y agitándose sobre su faz inmóvil, le dan una extraña fisonomÃa, porque el extremo de cada uno de sus cabellos está erizado de pequeños penachos luminosos. Su terrible máscara es la de un hombre antediluviano, contemporáneo de los ictiosaurios y de los megaterios.
El pelo de Hans está erizado de pequeños penachos luminosos.