Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Tomo la decisión de escribirle estas palabras: «Arriemos la vela».
Me hace señas de que consiente.
Aún no ha tenido tiempo su cabeza de levantarse de abajo arriba cuando un disco de fuego surge junto a la balsa. El mástil y la vela se parten de golpe, y los veo elevarse a una altura prodigiosa, semejantes al pterodáctilo, ese pájaro fantástico de los primeros siglos.
Estamos helados de espanto. La bola, medio blanca, medio azulada, del grosor de una bomba de diez pulgadas, se pasea lentamente, girando sobre su eje a sorprendente velocidad bajo el impulso del huracán. Va de aquí para allí, sube a una de las esquinas de la balsa, salta sobre el paquete de las provisiones, vuelve a bajar ágilmente, brinca, roza la caja de la pólvora. ¡Horror! ¡Vamos a saltar por los aires! No. El disco resplandeciente se aparta; se acerca a Hans, que lo mira fijamente; a mi tío, que se tira de rodillas para evitarlo; a mí mismo, pálido y tembloroso bajo el resplandor de la luz y del calor; hace piruetas alrededor de mi pie, que trato de apartar. No puedo conseguirlo.
La bola de fuego se pasea lentamente.
Un olor a gas nitroso llena la atmósfera; penetra en la garganta, en los pulmones. Nos ahogamos.