Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Bueno, muchacho, ¿has dormido bien?
Se dirÃa que estábamos en la casa de Königstrasse, que yo bajaba tranquilamente para desayunar y que mi matrimonio con la pobre Graüben iba a realizarse ese mismo dÃa.
¡Ay!, a poco que la tempestad hubiera lanzado la balsa hacia el este, habrÃamos pasado bajo Alemania, bajo mi querida ciudad de Hamburgo, bajo aquella calle donde vivÃa lo que yo más amaba en el mundo. Entonces cuarenta leguas me separaban apenas de ella. Pero ¡cuarenta leguas verticales de un muro de granito y, en realidad, más de mil leguas que franquear!
Todas estas dolorosas reflexiones cruzaron rápidamente por mi cabeza antes de responder a la pregunta de mi tÃo.
—Vaya —repitió—, ¿no quieres decir si has dormido bien?
—Muy bien —respond×; todavÃa estoy cansado, pero no será nada.
—Absolutamente nada, un poco de cansancio, eso es todo.
—Pero me parece que está usted muy alegre esta mañana, tÃo.
—Encantado, muchacho, encantado. ¡Hemos llegado!
—¿Al término de nuestra expedición?