Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Dejamos aquella gruta abierta a todas las brisas. Yo tenÃa una esperanza que era a la vez un temor: me parecÃa imposible que el terrible abordaje de la balsa no hubiera aniquilado cuanto llevaba. Me equivocaba. Al llegar a la orilla, vi a Hans en medio de una colección de objetos colocados en orden. Mi tÃo le estrechó la mano con un profundo sentimiento de gratitud. Aquel hombre, de una abnegación sobrehumana como quizá no se encontrarÃa otro ejemplo, habÃa trabajado mientras nosotros dormÃamos, salvando los objetos más preciosos con peligro de su vida.
No es que no hubiéramos tenido pérdidas bastante sensibles; nuestras armas, por ejemplo; pero, en última instancia, podÃamos prescindir de ellas. La provisión de pólvora habÃa permanecido intacta tras haber estado a punto de saltar durante la tempestad.
—Bueno —exclamó el profesor—, como no tenemos fusiles, no podremos cazar.
—¿Y los instrumentos?
—Aquà está el manómetro, el más útil de todos, y por el que cambiarÃa yo todos los demás. Con él puedo calcular la profundidad y saber cuándo habremos alcanzado el centro. Sin él, correrÃamos el riesgo de pasarnos del centro y salir por los antÃpodas.
Aquella alegrÃa era feroz.
—¿Y la brújula? —pregunté.