Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Durante diez minutos, y sin verme interrumpido, desarrollé toda una serie de razones irrefutables; pero sólo se debió a la falta de atención del profesor, que no oyó siquiera una palabra de mi argumentación.
—¡A la balsa! —exclamó.
Ésa fue su respuesta. Por más que hiciera, suplicara o me enfadara, chocaba con una voluntad más dura que el granito.
Hans acababa de reparar la balsa en ese momento. Se diría que aquel ser extraño adivinaba los proyectos de mi tío. Con algunos trozos de sur tarbrandur había reforzado la embarcación. Ya se alzaba una vela y el viento jugaba entre sus pliegues flotantes.
El profesor dijo algunas palabras al guía, e inmediatamente éste embarcó los bultos y dispuso todo para la partida. La atmósfera era bastante pura y el viento del noreste soplaba con fuerza.
¿Qué podía hacer yo? ¿Resistir solo contra los dos? Imposible. Todavía si Hans se hubiera unido a mí… Pero no. Parecía que el islandés hubiera dejado a un lado su voluntad personal y hecho voto de abnegación. No podía obtener nada de un servidor tan servicial con su amo. Había que seguir adelante. Iba a ocupar mi puesto habitual en la balsa cuando mi tío me detuvo con la mano.
—Partiremos mañana —dijo.
Yo hice el gesto de un hombre resignado a todo.