Viaje al centro de la tierra

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Para comprender la evocación hecha por mi tío de esos ilustres sabios franceses, hay que saber que poco tiempo antes de nuestra partida se había producido un hecho de enorme importancia para la paleontología.

El 23 de marzo de 1863, los obreros que excavaban, bajo la dirección del señor Boucher de Perthes, las canteras de Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Somme, en Francia, encontraron una mandíbula humana enterrada a catorce pies de profundidad. Era el primer fósil de esta especie sacado a la luz del sol. Junto a él se encontraron hachas de piedra y sílex tallados, coloreados y revestidos por el tiempo de una pátina uniforme.

La resonancia de este descubrimiento fue grande, no sólo en Francia, sino en Inglaterra y en Alemania. Varios sabios del Instituto Francés, entre otros los señores Milne-Edwards y de Quatrefages se tomaron en serio el asunto y demostraron la irrefutable autenticidad de la osamenta en cuestión, y se convirtieron en los defensores más acérrimos del «proceso de la mandíbula», según la expresión inglesa.

A los geólogos del Reino Unido que dieron el hecho por cierto, los señores Falconer, Busk, Carpenter, etcétera, se unieron sabios de Alemania, y entre ellos, en primera línea, el más fogoso, el más entusiasta, mi tío Lidenbrock.


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