Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —No, es muy sencillo, Axel. Los islandeses tienen a menudo armas de esta especie, y Hans, a quien pertenece, la habrá perdido.
Yo movà la cabeza, Hans no habÃa tenido nunca aquel puñal.
—Tiene que ser el arma de algún guerrero antediluviano —exclamé—; de un hombre vivo, de un contemporáneo de ese gigantesco pastor. No puede ser. No es una herramienta de la edad de piedra. Ni siquiera de la edad de bronce. Esta hoja es de acero…
Mi tÃo me detuvo en seco cuando iniciaba aquel camino al que me arrastraba una nueva divagación, y en tono frÃo me dijo:
—Cálmate, Axel, y recupera la razón. Este puñal es un arma del siglo dieciséis, una verdadera daga, de aquellas que los gentilhombres llevaban al cinto para dar el golpe de gracia. Es de origen español. No te pertenece a ti, ni a mÃ, ni al cazador; ni siquiera a los seres humanos que quizá vivan en las entrañas del globo.
—¿Se atreve a decir usted?…
—Mira, no se ha mellado asà hundiéndose en la garganta de las personas; su hoja está cubierta de una capa de herrumbre que no data de un dÃa o de un año, ni tampoco de un siglo.
Siguiendo su costumbre, el profesor se animaba, dejándose arrastrar por su imaginación.