Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Desde el comienzo del viaje yo había visto muchas cosas sorprendentes; debía creerme a salvo de sorpresas y ahíto de maravillas. Sin embargo, a la vista de aquellas dos letras grabadas allí desde hacía trescientos años, me quedé en un estado de pasmo cercano a la estupidez. No sólo se leía en la roca la firma del sabio alquimista, sino que se hallaba entre mis manos el estilete que las había trazado. A menos de ser de una insigne mala fe, no podía poner en duda la existencia del viajero y la realidad de su viaje.
Mientras se agitaban en mi cabeza estas reflexiones, el profesor Lidenbrock se dejaba arrastrar a un arrebato ditirámbico en honor de Arne Saknussemm.
—¡Maravilloso genio! —exclamaba—. No has olvidado nada de lo que debía abrir a otros mortales las rutas de la corteza terrestre, y tus semejantes pueden encontrar las huellas que tus pies dejaron hace trescientos años en el fondo de estos oscuros subterráneos. Has destinado a otras miradas distintas a la tuya la contemplación de estas maravillas. Tu nombre, grabado de etapa en etapa, conduce directamente a su meta al viajero suficientemente audaz para seguirte, y el centro mismo de nuestro planeta, igualmente estará señalado por tu propia mano. Pues bien, también yo iré a firmar con mi nombre esa última página de granito. Pero, desde ahora, este cabo visto por ti junto a este mar por ti descubierto ha de llamarse para siempre cabo Saknussemm.
