Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Y bien —continuó mi tÃo—, abrámonos camino a golpes de piqueta y de pico; derribemos estas murallas.
—Es demasiado duro para el pico —exclamé.
—Entonces la piqueta.
—Demasiado ancho para la piqueta.
—Entonces…
—Pues bien, la pólvora, la mina. ¡Minemos y hagamos saltar el obstáculo!
—¡La pólvora!
—SÃ, sólo se trata de romper una esquina de la roca.
—¡Hans, manos a la obra! —exclamó mi tÃo.
El islandés volvió a la balsa, y pronto regresó con un pico, del que se sirvió para cavar un agujero. No era trabajo fácil. Se trataba de hacer un hueco lo bastante considerable para contener cincuenta libras de fulmicotón, cuyo poder expansivo es cuatro veces mayor que el de la pólvora de los cañones.
Yo estaba prodigiosamente sobreexcitado al máximo. Mientras Hans trabajaba, ayudaba a mi tÃo a preparar una larga mecha hecha con pólvora mojada y encerrada en una manguera de tela.
—Pasaremos —decÃa.
—Pasaremos —repetÃa mi tÃo.