Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra ¿Quién sabe? El seguÃa esperando. Con su mano tanteaba la pared vertical, y algunos instantes más tarde proseguÃa de la siguiente forma:
—¡Aquà tenemos los gneis!, y aquà los micaesquistos. Bueno, pronto vendrán los terrenos de la época de transición y entonces…
¿Qué querÃa decir el profesor? ¿PodÃa medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestra cabeza? ¿PoseÃa algún medio para hacer aquel cálculo? No. CarecÃa de manómetro, y ninguna estimación podÃa suplirlo.
Mientras tanto, la temperatura aumentaba sin cesar y yo me sentÃa bañado de sudor en medio de una atmósfera ardiente. No podÃa compararla más que con el calor despedido por los hornos de una fundición a la hora del vaciado. Poco a poco, Hans, mi tÃo y yo tuvimos que quitarnos nuestras chaquetas y chalecos; cualquier ropa se convertÃa en causa de malestar, por no decir de sufrimiento.
Poco a poco tuvimos que quitarnos nuestra ropa.
—¿Subimos hacia un foco incandescente? —pregunté en el momento en que el calor aumentaba.
—No —respondió mi tÃo—; es imposible, es imposible.
—Sin embargo —dije tanteando la pared—, este muro está ardiendo.