Viaje al centro de la tierra

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Mientras tanto, después de esta comida, cada cual se dejó llevar por sus reflexiones. ¿En qué pensaba Hans, aquel hombre del extremo occidente que dominaba la resignación fatalista de los orientales? Por lo que a mí se refiere, mis pensamientos sólo estaban hechos de recuerdos, y éstos me devolvían a la superficie del globo que jamás hubiera debido abandonar. La casa de Königstrasse, mi pobre Graüben, nuestra fiel Marthe, pasaron como visiones ante mis ojos y, en los lúgubres gruñidos que corrían a través del macizo, yo creía oír el ruido de las ciudades de la Tierra.

En cuanto a mi tío, «siempre en su tarea», con la antorcha en la mano, examinaba atentamente la naturaleza de los terrenos; trataba de reconocer su situación mediante la observación de las capas superpuestas. Aquel cálculo, o mejor, aquella estimación, no podía ser sino muy aproximada; pero un sabio es siempre un sabio, cuando consigue conservar la sangre fría y, desde luego, el profesor Lidenbrock poseía esa cualidad en un grado poco común.

Le oía murmurar palabras de la ciencia geológica; las comprendía y me interesaba a mi pesar en aquel estudio supremo.

—Granito eruptivo —decía—. Todavía estamos en la época primitiva pero ¡subimos!, ¡subimos!, ¡subimos! ¡Quién sabe!


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