Viaje al centro de la tierra

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Mi tío cogió el trozo de carne y algunas galletas escapadas al naufragio; hizo tres partes iguales y las distribuyó. Aproximadamente era una libra de alimento para cada uno. El profesor comió con avidez, con una especie de arrebato febril; yo, sin placer, pese a mi hambre, casi con repugnancia; Hans, tranquila, moderadamente, masticando sin ruido pequeños bocados, saboreándolos con la calma de un hombre a quien las preocupaciones por el futuro no podían inquietar. Husmeando, había encontrado una cantimplora medio llena de ginebra; nos la ofreció, y ese líquido bienhechor tuvo el poder de reanimarme un poco.

Förtrafflig —dijo Hans, bebiendo a su vez.

—¡Excelente! —respondió mi tío.

Yo había recobrado algo de esperanza. Pero nuestra última comida acababa de finalizar. Eran entonces las cinco de la mañana.

El hombre está hecho de tal forma que su salud es un efecto puramente negativo; una vez satisfecha la necesidad de comer, difícilmente se figura los horrores del hambre; tiene que sentirlos para comprenderlos. Por eso, al salir de un largo ayuno, algunos bocados de galletas y carne triunfaron sobre nuestros pasados sufrimientos.


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