Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Por la mañana se aceleró el movimiento de ascensión. Cerca de la superficie del globo el calor aumentaba en lugar de disminuir: eso indicaba que era completamente local y que se debÃa a una influencia volcánica. No me cabÃan dudas acerca de nuestro género de locomoción: una fuerza enorme, de una potencia de varios centenares de atmósferas, producida por los vapores acumulados en el seno de la Tierra, nos empujaba de modo irresistible. Pero ¡a qué innumerables peligros nos exponÃa!
Poco después penetraron unos reflejos amarillos en la galerÃa vertical que se ensanchaba; a derecha e izquierda percibÃa corredores profundos semejantes a inmensos túneles por los que se escapaban espesos vapores; lenguas de llamas lamÃan las paredes chisporroteando.
—¡Mire, mire, tÃo! —exclamé.
—Bueno, son llamas sulfurosas. Es lo más lógico en una erupción.
—Pero ¿y si nos envuelven?
—No nos envolverán.
—¿Y si nos ahogamos?
—No nos ahogaremos. La galerÃa se ensancha, y si es preciso abandonaremos la balsa para refugiarnos en alguna grieta.
—¿Y el agua? ¿El agua que sube?
—Ya no hay agua, Axel, sino una especie de pasta de lava que nos sube con ella hasta el orificio del cráter.