Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Efectivamente, la columna lÃquida habÃa desaparecido para dejar su lugar a materias eruptivas bastante densas, aunque hirvientes. La temperatura se volvÃa insoportable; en aquella atmósfera un termómetro habrÃa marcado más de setenta grados. El sudor me inundaba. Si no hubiera sido tan rápida nos habrÃamos ahogado sin la menor duda.
Sin embargo, el profesor no mantuvo su proposición de abandonar la balsa, e hizo bien. Aquellos troncos mal unidos ofrecÃan una superficie sólida, un punto de apoyo que en cualquier otra parte nos habrÃa faltado.
Hacia las ocho de la mañana se produjo un nuevo incidente por primera vez. El movimiento ascensional cesó de pronto. La embarcación quedó absolutamente inmóvil.
—¿Qué pasa? —pregunté estremecido por aquella detención súbita como por un choque.
—Una parada —respondió mi tÃo.
—¿Se calma la erupción?
—Espero que no.
Me levanté. Traté de ver a mi alrededor. Quizá la balsa, retenida por un saliente de roca, oponÃa una resistencia momentánea a la masa eruptiva. En tal caso, habÃa que apresurarse a abandonarla cuanto antes.
No era eso. La columna de cenizas, de escorias y de restos de piedras habÃa dejado de subir.