Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra No querÃa dar crédito a mis ojos; pero la realidad que abrasaba mi cuerpo era algo que no me permitÃa dudar. HabÃamos salido semidesnudos del cráter, y el astro radiante, del que no habÃamos sabido nada desde hacÃa dos meses, mostrándose con nosotros pródigo de luz y de calor, derramaba a oleadas una irradiación espléndida.
Cuando mis ojos se habituaron al brillo del que se habÃan desacostumbrado, los empleé para rectificar los errores de mi imaginación. SuponÃa que por lo menos nos hallábamos en Spitzberg, y no estaba de humor para desistir de ello fácilmente.
El profesor fue el primero en tomar la palabra y dijo:
—En efecto, esto no se parece a Islandia.
—¿Y la isla de Jean Mayen? —pregunté.
—Tampoco, muchacho. Éste no es un volcán del norte con sus colinas de granito y su caperuza de nieve.
—Sin embargo…
—Mira, Axel, mira.