Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Cualquiera que sea esta montaña —dijo por último—, hace bastante calor; las explosiones no paran, y serÃa realmente lamentable haber salido de una erupción para recibir un trozo de roca en la cabeza. Descendamos, y sabremos a qué atenernos. Además, me muero de hambre y de sed.
Decididamente el profesor no era un espÃritu contemplativo. Por lo que a mà se refiere, olvidándome de la necesidad y las fatigas, me habrÃa quedado en aquel lugar todavÃa durante muchas horas, pero tuve que seguir a mis compañeros.
El talud del volcán mostraba pendientes muy pronunciadas; resbalábamos por auténticas hoyas llenas de cenizas, evitando los riachuelos de lava que avanzaban como serpientes de fuego. Mientras descendÃamos, yo hablaba con volubilidad, porque mi imaginación estaba demasiado rebosante para no derramarse en palabras.
—Estamos en Asia —exclamé—, en las costas de la India, en las islas de Malasia, en plena OceanÃa. Hemos atravesado la mitad del globo para desembocar por los antÃpodas de Europa.
—Pero ¿y la brújula? —respondÃa mi tÃo.
—SÃ. ¡La brújula! —decÃa yo con aire azorado—. De creerla, hemos caminado siempre hacia el Norte.
—¿Ha mentido entonces?
—Bueno, mentido…