Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —A menos que esto sea el polo norte.
—¡El polo! No, pero…
El hecho resultaba inexplicable. Yo no sabÃa qué pensar.
Mientras tanto, nos acercábamos a aquel verdor que daba gusto ver. El hambre me atormentaba, y también la sed. Afortunadamente, tras dos horas de marcha, se ofreció a nuestras miradas una preciosa campiña completamente cubierta de olivos, granados y viñedos que parecÃan pertenecer a todo el mundo. Además, en nuestra indigencia no estábamos en situación de tener escrúpulos. ¡Qué goce exprimir aquellos sabrosos frutos sobre nuestros labios y morder las uvas de aquellas viñas rojas! No lejos, en la hierba, a la sombra deliciosa de los árboles, descubrà una fuente de agua fresca, donde se zambulleron voluptuosamente nuestra cara y nuestras manos.
Mientras cada uno de nosotros se abandonaba asà a todas las dulzuras del descanso, apareció un niño entre dos olivos.
—¡Ah! —exclamé—, un habitante de esta feliz comarca.
Era una especie de niño pobre, muy miserablemente vestido y bastante enfermizo, al que nuestra presencia pareció asustar mucho; en efecto, medio desnudos y con la barba revuelta, tenÃamos muy mal aspecto, y a menos que aquél fuera un paÃs de ladrones, estábamos en las mejores condiciones para atemorizar a sus habitantes.