Viaje al centro de la tierra

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Tras una deliciosa comida compuesta de frutas y agua fresca, nos pusimos de nuevo en camino para alcanzar el puerto de Stromboli. No nos pareció prudente decir cómo habíamos llegado a la isla: el espíritu supersticioso de los italianos habría visto en nosotros unos demonios vomitados del seno de los infiernos; tuvimos, pues, que resignarnos a pasar por humildes náufragos. Era menos glorioso, pero más seguro.

Mientras caminábamos, oía murmurar a mi tío:

—Pero ¡la brújula, la brújula marcaba el Norte! ¿Cómo explicarlo?

—Eso no hay que explicarlo, es lo más fácil —dije en un tono de desdén.

—¡Ya!, un profesor del Johannaeum que no encuentra la razón de un fenómeno cósmico…, ¡sería una vergüenza!

Al hablar así, mi tío, medio desnudo, con su bolsa de cuero alrededor de la cintura y alzando las gafas sobre la nariz, se convirtió de nuevo en el terrible profesor de mineralogía.

Mi tío, medio desnudo y alzando las gafas sobre la nariz.

Una hora después de haber abandonado el bosque de olivos, llegábamos al puerto de San Vicenzo, donde Hans reclamó la paga de su decimotercera semana de servicio, que le fue entregada con calurosos apretones de mano.


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