Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Sólo tuve el tiempo justo para volver a poner sobre la mesa aquel desgraciado documento.
El profesor Lidenbrock parecÃa profundamente absorto. Su pensamiento dominante no le dejaba un momento de reposo: evidentemente durante su paseo habÃa escrutado y analizado el asunto, habÃa puesto en práctica todos los recursos de su imaginación, y volvÃa para aplicar alguna combinación nueva.
En efecto: se sentó en su sillón y, pluma en mano, comenzó a establecer fórmulas que se parecÃan a un cálculo algebraico.
Yo seguÃa con la mirada su mano temblorosa; no me perdÃa uno solo de sus movimientos. ¿Qué resultado inesperado iba a producirse inopinadamente? Yo temblaba sin razón, porque hallada ya la auténtica combinación, la «única», cualquier otra búsqueda resultaba inevitablemente vana.
Durante tres largas horas mi tÃo trabajó sin hablar, sin levantar la cabeza, borrando, volviendo a escribir, tachando, comenzando de nuevo una y mil veces.
