Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Yo sabía de sobra que si conseguía disponer aquellas letras en todas las posiciones relativas que podían ocupar, encontraría hecha la frase. Pero también sabía que con sólo veinte letras se pueden formar dos quintillones, cuatrocientos treinta y dos cuatrillones, novecientos dos trillones, ocho mil ciento setenta y seis millones, seiscientas cuarenta mil combinaciones. Y había ciento treinta y dos letras en la frase, y estas ciento treinta y dos letras daban un número de frases diferentes compuesto de ciento treinta y tres cifras por lo menos, número casi imposible de enumerar y que escapa a cualquier estimación.
Estaba tranquilo respecto a ese medio heroico de resolver el problema.
Sin embargo, el tiempo transcurría; llegó la noche; los ruidos de la calle se apagaron; mi tío, siempre inclinado sobre su tarea, no vio nada, ni siquiera a Marthe que entreabrió la puerta; no oyó nada, ni siquiera la voz de aquella digna sirvienta que decía:
—¿El señor cenará esta noche?
También Marthe hubo de irse sin respuesta. En cuanto a mí, tras haber resistido durante algún tiempo, me vi dominado por un sueño invencible, y me dormí en una esquina del canapé, mientras mi tío Lidenbrock seguía calculando y borrando.