Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Cuando al día siguiente me desperté, el infatigable trabajador seguía aún con su tarea. Sus ojos rojos, su tez pálida, sus cabellos revueltos bajo su mano febril, sus mejillas purpúreas indicaban de sobra su terrible lucha con lo imposible, y en qué fatigas del espíritu, en qué concentración del cerebro debieron pasar las horas para él.
Realmente me dio lástima. Pese a los reproches que me creía en el derecho de hacerle, cierta emoción se apoderó de mí. El pobre hombre estaba tan poseído por su idea que olvidaba incluso encolerizarse. Todas sus fuerzas se concentraban en un solo punto, y como no escapaban por su salida natural, podía temerse que la tensión le hiciera estallar de un momento a otro.
Yo podía con un gesto aflojar aquel torno de hierro que le apretaba el cráneo, ¡con una sola palabra! Y no hice nada.
Sin embargo yo tenía buen corazón. ¿Por qué permanecía mudo en semejante circunstancia? En interés mismo de mi tío.