Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Pues lo que decido es lo siguiente —replicó el profesor Lidenbrock, adoptando sus gestos ampulosos—: Que ni tú ni nadie sabe con seguridad lo que pasa en el interior del globo, dado que apenas si se conoce la diezmilésima parte de su radio; que la ciencia es eminentemente perfectible, y que cada teorÃa se ve constantemente rebatida por una teorÃa nueva. ¿No se creyó hasta Fourier que la temperatura de los espacios planetarios iba disminuyendo siempre, y no se sabe hoy que el máximo frÃo de las regiones etéreas no supera los cuarenta o cincuenta grados bajo cero? ¿Por qué no habÃa de ocurrir lo mismo con el calor interno? ¿Por qué a cierta profundidad no alcanzarÃa un lÃmite infranqueable, en lugar de elevarse hasta el grado de fusión de los minerales más refractarios?
Al plantear mi tÃo la cuestión en el terreno de las hipótesis, no pude responder nada.
—Pues bien, te diré, además, que auténticos sabios, Poisson entre otros, han demostrado que si en el interior del globo existiera un calor de doscientos mil grados, los gases incandescentes procedentes de las materias fundidas adquirirÃan una elasticidad tal, que la corteza terrestre no podrÃa resistirla, estallando como las paredes de una caldera bajo la presión del vapor.
—Ésa es la opinión de Poisson, tÃo, y nada más.