Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra «¡Es absurdo! —me decÃa—, esto no tiene sentido. No es una proposición seria que pueda hacerse a un muchacho sensato. Nada de todo eso existe. He dormido mal, he tenido un mal sueño».
Mientras tanto, yo habÃa seguido la orilla del Elba y regresado a la ciudad. Después de haber remontado el puerto, habÃa llegado al camino de Altona. Un presentimiento me guiaba, un presentimiento justificado, porque pronto divisé a mi pequeña Graüben que, con paso ágil, volvÃa rápidamente a Hamburgo.
—¡Graüben! —le grité de lejos.
La joven se detuvo, algo turbada, pienso yo, por oÃrse llamar asà en un camino. En diez pasos me planté a su lado.
—¡Axel! —dijo ella sorprendida—. ¡Ah, has venido a buscarme! ¡Eso está muy bien, caballero!
Pero al mirarme, Graüben no tuvo dudas respecto a mi aspecto inquieto, trastornado.
—¿Qué te pasa? —me dijo, dándome la mano.
—¿Que qué me pasa, Graüben? —exclamé yo.
En dos segundos y con tres frases mi linda virlandesa estaba al corriente de la situación. Durante algunos instantes guardó silencio. ¿Su corazón palpitaba al compás del mÃo? Lo ignoro, pero su mano no temblaba en la mÃa. Caminamos un centenar de pasos sin hablar.
—¡Axel! —me dijo por fin.
—¡Querida Graüben!