Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Será un hermoso viaje.
Di un brinco al oÃr estas palabras.
—SÃ, Axel, un viaje digno del sobrino de un sabio. Es conveniente que un hombre se distinga con alguna gran empresa.
—¿Cómo, Graüben? ¿No me disuades de intentar semejante expedición?
—No, querido Axel, y yo os acompañarÃa gustosa a tu tÃo y a ti si una pobre muchacha no fuera un obstáculo para vosotros.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente en serio.
¡Ah, las mujeres, las jóvenes, corazones femeninos siempre incomprensibles! ¡Cuando no sois los más tÃmidos de los seres, sois las más valientes! La razón no tiene mucho que hacer a vuestro lado. ¡Cómo! ¡Una niña me alentaba a participar en aquella expedición! ¡Ella no hubiera temido intentar la aventura! ¡Me empujaba a ella a mÃ, a quien, sin embargo, amaba!
Yo estaba desconcertado, y, por qué no decirlo, avergonzado.
—Graüben —prosegu×, veremos si mañana dices lo mismo.
—Mañana, querido Axel, diré lo mismo que hoy.
Graüben y yo, cogidos de la mano, pero guardando un profundo silencio, proseguimos nuestro camino. Yo estaba deshecho por las emociones de la jornada.