Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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«Después de todo —pensé—, las calendas de julio están lejos todavía, y de aquí a entonces ocurrirán muchos acontecimientos que curarán a mi tío de su manía de viajar bajo tierra». Cuando llegamos a la casa de Königstrasse la noche se había echado encima. Esperaba encontrar la morada tranquila, a mi tío acostado según su costumbre, y a Marthe dando al comedor el último golpe de plumero de la noche.

Pero no había contado con la impaciencia del profesor. Le encontré chillando, agitándose en medio de un tropel de porteadores que descargaban unos bultos en la avenida; la vieja sirvienta no sabía dónde tenía la cabeza.

Encontré a mi tío chillando y agitándose.

—Ven, Axel, ven, date prisa, desgraciado —exclamó mi tío desde lejos nada más verme—. Tu maleta no está hecha, mis papeles no están en orden, no encuentro la llave de mi maletín de viaje y mis polainas no acaban de llegar.

Yo estaba estupefacto. Me faltaba la voz. Mis labios apenas pudieron articular estas palabras:

—Entonces, ¿nos vamos?

—Sí, desgraciado, ¿quién te manda pasear en lugar de estar aquí?

—¿Nos vamos? —repetía yo con una voz debilitada.

—Sí, pasado mañana a primera hora.


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