Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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No pude oír más, y eché a correr hacia mi habitación.

Ya no había duda. Mi tío acababa de emplear la tarde en conseguir una parte de los objetos y utensilios necesarios para su viaje; la avenida estaba atestada de escalas de cuerda, cuerdas de nudos, antorchas, cantimploras, crampones de hierro, picos, bastones herrados y piquetas en cantidad suficiente para cargar a diez hombres por lo menos.

Pasé una noche horrible. Al día siguiente, oí que me llamaban temprano. Yo estaba decidido a no abrir mi puerta. Pero ¿cómo resistir a la dulce voz que pronunciaba estas palabras?:

—Axel querido.

Salí de mi habitación. Pensaba que mi aspecto derrengado, mi palidez, mis ojos enrojecidos por el insomnio, producirían su efecto sobre Graüben y cambiarían sus ideas.

—¡Ay, querido Axel! —me dijo—, veo que estás mucho mejor y que la noche te ha calmado.

—¡Calmado! —exclamé.

Me precipité hacia el espejo. Pues bien, tenía mejor cara de lo que yo imaginaba. Era increíble.


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