Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me desperté a las cinco, quebrantado por la fatiga y la emoción. Bajé al comedor. Mi tÃo estaba sentado a la mesa. Devoraba. Lo miré con un sentimiento de horror. Pero Graüben estaba allÃ. No dije nada. No pude comer.
A las cinco y media se escuchó en la calle el rodar de un carruaje que llegaba para llevarnos al ferrocarril de Altona. Pronto estuvo hasta los topes con los bultos de mi tÃo.
—¿Y tu maleta? —me preguntó.
—Está lista —respondà con voz desfallecida.
—Bájala deprisa, o harás que perdamos el tren.
Luchar contra mi destino me pareció imposible entonces. Volvà a subir a mi habitación, y dejando deslizarse mi maleta por los escalones me lancé tras ella.
En aquel momento mi tÃo ponÃa solemnemente entre las manos de Graüben las «riendas» de su casa. Mi linda virlandesa conservaba su calma habitual. Abrazó a su tutor, pero no pudo contener una lágrima al rozar mi mejilla con sus dulces labios.
—¡Graüben! —exclamé.
—Vete, querido Axel, vete —me dijo—, dejas a tu prometida pero a la vuelta encontrarás a tu mujer.