Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Altona, verdadero arrabal de Hamburgo, es cabeza de línea del ferrocarril de Kiel, que debía conducirnos a la orilla de los Belt. En menos de veinte minutos entrábamos en el territorio de Holstein.
A las seis y media el coche se detuvo ante la estación; los numerosos bultos de mi tío y sus voluminosos artículos de viaje fueron descargados, transportados, pesados, etiquetados y vueltos a cargar en el vagón de equipajes; y a las siete estábamos sentados uno frente al otro en el mismo compartimento. Silbó el vapor, la locomotora se puso en movimiento. Estábamos en marcha.
¿Me había resignado? Todavía no. Sin embargo, el aire fresco de la mañana y los paisajes de la ruta, rápidamente renovados por la velocidad del tren, me distraían de mi gran preocupación.
En cuanto al pensamiento del profesor, evidentemente iba por delante de aquel convoy, demasiado lento para el gusto de su impaciencia. Íbamos solos en el vagón pero no hablábamos. Mi tío inspeccionaba sus bolsillos y su maletín de viaje con minuciosa atención. Pronto vi que no le faltaba ninguna de las piezas necesarias para la ejecución de sus proyectos.
