Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Llegó el día de la partida. La víspera, el amable señor Thomson nos había traído cartas de recomendación muy efusivas para el conde Trampe, gobernador de Islandia, el señor Pictursson, coadjutor del obispo, y el señor Finsen, alcalde de Reikiavik. A cambio, mi tío le otorgó los más calurosos apretones de manos.
El día 2, a las seis de la mañana, nuestros preciosos equipajes estaban ya a bordo de la Valkiria. El capitán nos condujo a unos camarotes bastante estrechos, dispuestos bajo una especie de toldilla.
—¿Tenemos buen viento? —preguntó mi tío.
—Excelente —respondió el capitán Bjarne—; viento del sureste. Vamos a salir del Sund con viento de popa y todas las velas desplegadas.
Algunos instantes después la goleta, impulsada por su mesana, su cangreja, su gavia y su juanete, aparejó y entró a toda vela en el estrecho. Una hora después, la capital de Dinamarca parecía hundirse en las lejanas olas y la Valkiria pasaba rozando la costa de Elsinor. En el nervioso estado de ánimo en que me encontraba, esperaba ver la sombra de Hamlet vagando sobre la legendaria explanada.
«¡Sublime insensato! —decía yo—. Tú, sin duda, nos aprobarías. Quizá nos siguieras hasta el centro del globo en busca de una solución a tu eterna duda».
