Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra El profesor salió por fin de su camarote, algo pálido y descompuesto, pero siempre entusiasta, y con una mirada de satisfacción en los ojos.
La población de la villa, particularmente interesada por la llegada de un navío en el que cada cual tenía algo que recoger, se agrupaba en el muelle.
Mi tío tenía prisa por abandonar su prisión flotante, por no decir su hospital. Pero antes de dejar el puente de la goleta, me arrastró a proa, y desde allí me señaló, en la parte septentrional de la bahía, una montaña de dos picos, un doble cono cubierto de nieves eternas.
—¡El Sneffels! —exclamó—. ¡El Sneffels!
Luego, tras recomendarme con el gesto silencio absoluto, descendió a la barca que le esperaba. Yo le seguí, y pronto pisábamos el suelo de Islandia.
Enseguida apareció un hombre de rostro amable, vestido con uniforme de general. Sin embargo, no era más que un simple magistrado, el gobernador de la isla, el barón Trampe en persona. El profesor lo reconoció enseguida. Entregó al gobernador sus cartas de Copenhague, y ambos mantuvieron en danés una corta conversación, a la que permanecí completamente ajeno, y con toda razón. Pero de esta primera entrevista resultó lo siguiente: que el barón Trampe se ponía por completo a disposición del profesor Lidenbrock.