Viaje al centro de la tierra

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Mi tío tuvo una acogida muy amable por parte del alcalde, el señor Finsen, no menos militar en cuanto al traje que el gobernador, pero igual de pacífico por temperamento y ocupación.

En cuanto al coadjutor, señor Pictursson, realizaba en aquellos momentos una gira episcopal por el distrito Norte; por el momento debíamos renunciar a serle presentados. Pero un hombre encantador, cuya ayuda nos resultó preciosa, fue el señor Fridriksson, profesor de ciencias naturales de la escuela de Reikiavik. Este modesto sabio no hablaba más que el islandés y el latín; vino a ofrecerme sus servicios en la lengua de Horacio, y sentí que estábamos hechos para comprendernos. En efecto, fue el único personaje con el que pude conversar durante mi estancia en Islandia.

De las tres habitaciones de que se componía su casa, aquel excelente hombre puso dos a nuestra disposición, y pronto estuvimos instalados en ella con nuestros equipajes, cuya cantidad sorprendió algo a los habitantes de Reikiavik.

—Bueno, Axel —me dijo mi tío—, esto marcha, y lo más difícil ya está hecho.

—¿Cómo lo más difícil? —exclamé.

—Sin duda, ya no nos queda más que bajar.

—Si quiere tomarlo así, tiene razón; pero imagino que después de bajar habrá que subir.


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