Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra La más larga de las dos calles de Reikiavik es paralela a la orilla; allí viven los comerciantes y los negociantes, en cabañas de madera hechas de vigas rojas horizontalmente dispuestas; la otra calle situada más al oeste, corre hacia un pequeño lago, entre las casas del obispo y demás personajes ajenos al comercio.
Una calle de Reikiavik.
Pronto recorrí esas vías sombrías y tristes; a veces se veía un trozo de césped descolorido, como una vieja alfombra de lana raída por el uso, o bien alguna apariencia de huerto, cuyas escasas hortalizas, patatas, coles y lechugas, habrían figurado fácilmente en una mesa liliputiense; algunos alhelíes raquíticos también trataban de aparentar que recibían el sol.
Hacia el centro de la calle no comercial encontré el cementerio público, cercado por una tapia de barro, en el que sobraba sitio. Luego, en unos pocos minutos, llegué a la casa del gobernador, una casucha comparada con el ayuntamiento de Hamburgo, un palacio comparado con las cabañas de la población islandesa.
Entre el pequeño lago y la ciudad se alzaba la iglesia, trazada al gusto protestante y construida con piedras calcinadas: los volcanes corren con los gastos de extracción; sin duda, debido a las fuertes ventoleras del oeste, las tejas rojas de su tejado debían salir volando, a menudo con gran peligro para los fieles.