Viaje al centro de la tierra

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Sobre un altozano próximo divisé la escuela nacional, donde, según supe más tarde por nuestro anfitrión, se daban clases de hebreo, inglés, francés y danés, cuatro lenguas de las que, para mi vergüenza, no conocía ni la primera palabra. Habría sido el último de los cuarenta alumnos con que contaba el pequeño colegio, e indigno de acostarme a su lado en aquellas habitaciones dobles, donde los más delicados debían ahogarse la primera noche.

En tres horas acabé de visitar no sólo la ciudad sino sus alrededores. El aspecto general era singularmente triste. Nada de árboles ni vegetación, por decir así. En todas partes las aristas vivas de las rocas volcánicas. Las cabañas de los islandeses están hechas de barro y de turba, y sus paredes se inclinan hacía dentro. Parecen tejados puestos sobre el suelo. Sólo que esos tejados son praderas relativamente fértiles: gracias al calor del habitáculo la hierba crece en ellos con bastante fecundidad y en la época en que brota el heno han de segarlo meticulosamente, porque de otro modo los animales domésticos irían a pastar sobre las verdeantes mansiones.





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