Viaje alrededor de la luna
Viaje alrededor de la luna Dentro del proyectil se habÃan instalado tres camas blandas y sólidamente aseguradas, como todo lo que iba allÃ. Nicholl y Barbicane se colocaron en el centro del disco que formaba el piso móvil; en ellas debÃan acostarse los viajeros pocos momentos antes de partir.
Entretanto, Ardán, que no podÃa estarse quieto, daba vueltas a su estrecha prisión, como una fiera enjaulada, hablando con sus amigos o con los perros, Diana y Satélite, a los cuales, como se ve, habÃa dado nombres significativos y en armonÃa con la expedición de que formaban parte.
—¡Hola Diana! ¡Hola, Satélite! Vamos a ver si enseñáis a los perros selenitas los buenos modales de los perros terrestres! Esto hará honor a la raza canina. ¡Por Dios! Si alguna vez volvemos a la Tierra quiero traer un tipo cruzado de moon-dogs y estoy seguro de que causará sensación.
—Si es que hay perros en la Luna —dijo Barbicane.
—Los hay, sin duda —aseguró Miguel Ardán—, como hay caballos, vacas, asnos y gallinas. Apuesto a que encontramos gallinas.
—Cien dólares a que no las encontramos —dijo Nicholl.