Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Pues como te iba diciendo, —añadió Nemesia—, cuando salí de la sastrería de señó Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca. Cuando menos… Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque me gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:

—Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas y caballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, era ella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dije pasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de San Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de… tú sabes. Por allí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dos individuos… ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero el individuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta que lo mencionaron…


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