Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su pensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aún en el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el individuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señorita desconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía en la silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán de entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la calle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto de ahogarla.

La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones, sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una tras otra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con los ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como al través de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en su pecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubiera previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado desagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiro profundo y murmuró:


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