Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertos ya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaron los linderos del cafetal La Luz, perteneciente a don Tomás Ilincheta, cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatro de la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros, bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de los trópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través de las ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de las palmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo que encendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquilo ambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso y hueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetes tocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro, dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de una especie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia la izquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con los escorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:

—¡Ojó!, ¡ojó! Niño Leonardito ¿ya sumerce vinió? ¡Ah! ¡Ah!, y el niño Dieguito asina mismo.

—¿Cómo está la familia, congo? —le preguntó Leonardo.


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