Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Toos güenos, grasi Dió. Ahorita dentraron las niñas con doña Juanita. Vinían del protero. Milagro que no se toparon con ellas los niños. Si susmercés jarrean un poco entoavía las alcanzan más pacá de la casa.

Y agregó luego hablando con Leonardo:

—¡Ah! ¡Qué si va a legrá la niña Isabelita! ¡Y la niña Rosita!, (hablando con Meneses). ¡No mi diga!

Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballerías por el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extraña coincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de su camino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de sus amores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, como amiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadas flaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecía más a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo a realizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver a Rosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, quería probar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto el tumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuoso caballero.


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