Cecilia Valdes

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Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dado realizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida que traían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincado del jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Cabo y las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precian Turquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin duda que las envolvían con sus emanaciones aromáticas.

También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron de la presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primero que puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fue Leonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo una exclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimiento opuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable ni cordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con que solía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suya satisfactoria de lo pasado.





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