Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en el semblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó el momento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden las costumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fue bien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de las dos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosa tomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellas supieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de las mujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salir pronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de su edad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abierta aquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:
—¿No es ésta su flor preferida?
Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más colorada que antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, ya enmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que se había prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:
—¿No es ésta la flor que prefiere el amigo Leonardo?