Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Al entrar en la calle Ancha, traÃa nuestro curro la vuelta del Campo de Marte. VenÃa a paso largo, mejor a trancos, formando con los brazos un ángulo de 45 grados (tal vez para disimular su demasiada largura), a guisa de cigüeñas de piedra de afilar. No bien oyó los quejidos y echó de ver el bulto en el suelo, paró de repente el trote. Luego de llevarse ambas manos a las orejas, por si permanecÃan en su sitio las dos menguantes de tumbaga, diciendo para sÃ:
—No están rompÃa, no me va a sucedel náa, —resueltamente se dirigió al herido.
—¡Anjá! Paisano, —le preguntó en su lenguaje y tonillo peculiares—, ¿quién es usté?
—Yo soy Dionisio Jaruco, —contestó él con voz apagada asà que se cercioró que se las habÃa con un moro de paz.
—Yo no ha oÃdo ese nombre en mi vÃa.
—No es extraño, señor, porque soy medio forastero en esta ciudad. Y ¿cuál es su gracia de Vd.?
—¿Qué?
—Que cómo se llama Vd.
—Me ñaman Malanga.
—¿Malanga? —repitió Dionisio cual si no hubiese oÃdo bien.