Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Si es de colte arto o colte bajo, yo no sé, ma estoy mirando que si no es pol la bota, digo, la casaca, le coltan al señol la pata, digo, lo viran como cangrejo. Dispué, me paese que el señol es argo goldo pa pelial con cuchiyo. Dispué, es mu fatible que el señol hayga aprendió ya grande, y ése es un alte que debe de aprendeise dende que uno es chiquito. Dispué, usté tiene mu colto el brazo y no pué defendeise de los goipes de arriba. Dispué…
—¡Hombre!, —le interrumpió el herido con voz desmayada—. ¡Por el amor de Dios y la Virgen SantÃsima!, no hablemos más de eso. Si Vd. es una persona caritativa y quiere favorecerme que sea pronto, porque me voy en sangre.
—Le amarraré un pañuelo pa que no saiga la sangre.
—No, es preciso lavar primero la herida.
—¡Laval! ¿Está loco er señol? ¿Y si se pasma? ¿Y si se muere? Dispué dirá el señol que pol mor de mÃ.
—No, no lo diré, esté Vd. seguro de ello. Si muero, no será por culpa de Vd., sino porque me llegó la hora. Vaya, señor Malanga, corra a la taberna de la esquina y tráigame una botella de vino seco y un vaso de aguardiente.