Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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¿Pero de dónde nacía la no vista amabilidad que desplegó aquella alma de cántaro, el malvado Malanga, en tan crítica ocasión? Procedía del hecho que, habiendo tocado las monedas de oro en la faltriquera del chaleco de Dionisio, calculó con razón que, ora muriese de la herida, ora sanase, sería él su heredero forzoso, o se valdría de la fuerza o del engaño para heredarle en vida. A este fin primordial llevó Malanga más adelante todavía sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente desconocido. Cediole la cama, consistente de un catre de viento, sucio y desvencijado, sin más ropa ni manta con que cubrir las mataduras; y a la mañana siguiente muy temprano fue hasta la esquina de la calle de la Maloja y la del Campanario Viejo, donde vivía el cirujano romancista Zarza, le despertó, y, quiera que no, le condujo ante el enfermo, encargándole inviolable secreto. Servicios tales se pagan sólo con dinero entre gente honrada y leal. Así lo comprendió Dionisio, quien, tanto por gratitud cuanto por precaución, se apresuró a pagar la deuda, dando al nuevo amigo que se había echado, la mayor parte de la suma que poseía, no fuera que se cobrase de mano poderosa.





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