La peineta calada
La peineta calada –Bien sé –agregó la vieja sin turbarse y como para corregir la impresión desfavorable que habÃan producido sus expresiones hipócritas–, bien sé que tú poco me agradecerás el cuidado que me tomo por tu suerte, porque ustedes las muchachas, cuando se enamoran, huyen del que les advierte las faltas de sus amantes y buscan al que se las encubre. Con todo, aunque mis palabras te entren por un oÃdo y te salgan por otro, aunque no saque mejor fruto que el que hasta aquÃ, he reflexionado que no debo desampararte. También he reflexionado que nada sacamos con vengamos de Andrés si al fin de la partida quien sale perdiendo eres tú, puesto que o bien muerto o bien separado de la mujer, de todos modos te quedabas sin él. Porque tal es, hija, la posición en que te has colocado que ni vengar puedes tus agravios sin suicidarte. Yo conozco demasiado que ya Andrés no volverá a ser lo que ha sido para ti, mas igualmente conozco que por abarcarlo todo lo vamos a perder todo y las mujeres más que nadie deben aprender a conformarse con su suerte si quieren vivir y disfrutar.
–¿Ha acabado usted, mamita? –interrumpió Rosario, preguntando a su madre con desdeñosa sonrisa.
–He acabado y no he acabado –respondió afectando mucha calma la vieja–. Sin embargo, habla, quiero oÃrte.
–Pues bien, es imposible, sà ya es imposible que yo vuelva a hacer las amistades con Andrés.