La peineta calada
La peineta calada –¿Y no me decÃas ayer que mi prohibición… ?
–Ayer usted no me entendió, ni me dejó hablar –repuso la muchacha vivamente–. SÃ, porque ayer venÃa tarde la prohibición de que viera a Andrés, cuando ya habÃa resuelto en el fondo de mi alma olvidarlo para siempre.
–¡Olvidarlo! ¿Y por qué? Debo suponer que no es por su casamiento, pues a la cuenta tú lo sabÃas desde el instante en que lo hizo.
–En efecto, no es por su matrimonio por lo que he hecho este propósito, sino porque estoy convencida que él le tiene a su mujer más amor que a mÃ. Andrés me dijo que su padre lo casaba a la fuerza, que tal vez saliendo del lado de su padre tendrÃa más ocasión de verme y estar conmigo; pero ¡mentÃa el muy ingrato! Andrés se fastidió de mà en cuanto vio a Dolores y se enamoró de ella. Además de eso, está persuadido que yo incité a Liborio para que le diera de palos y aunque éste puede ser otro pretexto de que se ha valido para pelear conmigo y salir de un compromiso que ya le pesa, no obstante, serÃa preciso haber perdido enteramente la vergüenza para andarle suplicando a un hombre tan voluble como falso.
–Y entonces, ¿qué piensas tú hacer? –le preguntó la Chirinos clavando los ojos en el lloroso semblante de su hija como para observar lo que verdaderamente sentÃa en aquel momento.