La peineta calada
La peineta calada –¿Yo? No pienso hacer nada. ¿Qué quiere usted tampoco que haga? ¿No aprobando de ningún modo los dos medios que usted me indicó ayer, todavÃa me pide usted una confesión de mis pensamientos?
–¿Y si yo me empeñara y aún consiguiera que Andrés hiciese las paces contigo?..
–¡Madre! –exclamó la joven–, por el amor de Dios, no me venga usted a dar esperanzas que no se han de ver realizadas.
–¿Por qué no, hija mÃa? ¿No hay muchos hombres casados y con hijos que mantienen dos y tres mujeres y las quieren mucho y les dan cuanto les piden?
–Mamita –repuso la Valdés irritada–, o usted se burla de mà o usted es la mujer más incomprensible que pisa la tierra. ¿Pues no era usted misma la que me decÃa que me muriera, que serÃa la burla de las mujeres, en fin, que no pensara más en Andrés? ¿A cuál de las palabras de usted debo atenerme? ¿A las de hoy o a las de ayer? ¿Qué quiere usted que yo crea de tan manifiestas contradicciones?